Camarada y Mártir a su pesar
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La historia está llena de casos semejantes y de personajes sangrientos pero con frecuencia, no aprendemos de ella; ignorar la historia es volver a repetirla inexorable-mente. Cosas de hombres.
La historia de España no podía ser menos. Así, entre acontecimientos de gran calado histórico y epopéyico, como la evangelización de América —digan algunos lo que digan— contamos también con episodios negros, a modo de pinturas goyescas, que nos hacen bajar la cabeza patriótica y reconocer que somos como somos y que, cuando nos falta la referencia a lo absoluto, puede sucedernos cualquier cosa.
Algo así nos ha sucedido en el siglo XX, 1936, con nuestra “incivil” guerra civil. Un episodio de horror que dividió y enfrentó a los españoles y regó de sangre las tierras de nuestro país. Una institución benemérita de las que más ha aportado a la cultura y desarrollo de España, la iglesia católica, fue atacada con saña en una erupción atroz de odio a la fe que ocasionó la muerte de cientos de hombres y mujeres de gran altura espiritual y humana que perdieron la vida por su condición de creyentes, sacerdotes y consagrados, y murieron perdonando a sus verdugos. La Iglesia siempre ha visto en el martirio la prueba suprema de amor a Jesucristo y de fidelidad a la fe y por eso propone enseguida a los mártires como modelos a imitar y candidatos a ser recordados en la memoria celebrativa de la iglesia. Los sacerdotes y religiosos martirizados en esta época se cuentan a cientos.“Sangre de mártires, semilla de cristianos”
Dicen algunos interesados ideológicamente que beatificar a los mártires es hacer política y resucitar fantasmas del pasado y abrir heridas ya cicatrizadas, pero sería una indecencia histórica olvidar —aunque siempre desde el perdón, la vida, el testimonio y la entrega por amor a la fe de estos héroes de la humanidad que, después de sufrir atroces torturas hasta la muerte, fueron capaces de morir perdonando a sus verdugos. Sólo como ejemplo para las nuevas generaciones, apegadas al calor del "botellón" y a pasarlo bien como ideal supremo, merece la pena rescatar sus memorias y sus testimonios aún a costa de que algunos ideologizados no consigan entenderlo. Es su problema. Muchos políticos e ideólogos dedican esculturas y calles a los que piensan como ellos, y parece oportuno. Nadie podrá usurpar a los cristianos el derecho a recordar con afecto y a homenajear con respeto a quienes fueron nuestros hermanos en la fe hasta la entrega de la vida. No los recordamos contra nadie —ellos perdonaron a sus verdugos— lo hacemos por nosotros para que su recuerdo mantenga en nuestros corazones esos mismos deseos de amor, de fidelidad y de perdón que nos ayuden a mejorar este presente vulgar y deshojado que nos ha tocado vivir. Esto es simplemente sana memoria histórica. El recuerdo de su muerte mantiene viva nuestra llama y nos interpela para que, de ser cristianos, lo seamos de verdad hasta la entrega, si es preciso, de la vida.
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